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¿No los necesito?

       ¡Basta!¡No puedo! ¡Déjenme en paz!      En medio de un camino desértico se escuchan susurros, quizás sea el viento. De repente risas, esto esta    yendo demasiado lejos.        ¡Aléjense!¡No los necesito!¿Fantasmas del pasado o quizás mis verdades?Miedos, cinismos, fortaleza, locura.        Cuidado. ¡Silencio! Cada cosa a su lugar, a ordenar, a ordenar, a ordenar, a ordenar...     Momento, las risas ya no están, los colores se apagaron y todo parece volver a la normalidad. Sigo caminando, quizás un tanto intranquila, escuchando solo aquellas palabras que mis labios decidan soltar.

Un centavo.

Las dos caras de una misma moneda, el secreto que nace del pasado termina en presente y devela lo que se creía perdido, olvidado. Con fuerza de tornado, intento destruir, encontrar, hacerme notar. ¿Acaso no puedes verme? ¿Necesitas un poco más? Con destreza pretendo encontrar la verdad, pero una vez más se escapa de mí, siembra intriga y comienzo a maquinar, no puedo parar, no debo hacerlo hasta encontrarme con la cruda realidad.

Agneta Sforza...

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     19 de Octubre de 1454.      El tiempo, ingrato, no espera a nadie. El paso de las horas resulta agobiante, la sociedad me mira de reojo, ríen a mis espaldas, me señalan como el ejemplo de todo lo que no debe ser.      Tengo 24 años y no tengo compromiso, participo en eventos de sociedad mostrándome sin vergüenza, muestro a todos que mi vida se aboca al conocimiento y no a tareas cotidianas que estén bien vistas por la sociedad.      Cuando niña pasaba mis días entre libros. Mi padre, un reconocido e importante juez, nunca me negó las puertas del conocimiento, y sus libros y manuscritos siempre estuvieron a mi alcance. Mi madre, vacía en todos los aspectos posibles, siempre me miró con desaprobación, intento controlarme de mil maneras, me encerró, me golpeó, me obligó a comprometerme con un joven de la ciudad; para mi suerte este nunca se pudo llevar a cabo.      Una vez crecida, y liberad...

Mirando desde el otro lado

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     Que difícil puede ser controlar todo lo que pasa por la mente, diría casi imposible. Cuanto duele entender que al que uno tanto ama no corresponde.      ¿Cómo superar el vacio enorme que siento en mi pecho? Olvidada, miserable, tan comparable con cosa insignificante. A mi alrededor miles de emociones batallan por dominarme, el odio, el rencor, la tristeza, la impotencia.      El tiempo intenta ayudarme en la tarea de olvidar, pero los lugares guardan memoria, recordándome cada segundo la traición, el engaño.      Cuando al pasar la veo sonreír, con esa mirada perversa, dejando entrever su vileza y la satisfacción de haberme lastimado, no puedo controlarme. Se desata lo peor de mí, aborrezco todo lo que salga de ella, cada gesto, palabra, acción, hasta el aire que respira ofreciéndole un minuto más de vida.      Lo odio a él que destruyo todo lo que una vez construimos y cada sueño que compartimos, ...

¿Dónde están los astros?

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           No siento absolutamente nada, vacía, estéril, respirando un aire viciado con mentiras y secretos.      Necesito despertar, reaccionar de una vez, sentirme humana. Me desespero ante mi propia apatía, grito, me confundo, vuelvo a gritar, me lastimo y pretendo entender por qué no puedo sentirlo. ¿Cuándo ha de acabar esta pesadilla?   Descarto la idea de la felicidad, también la tristeza, no me comprendo y cada vez queda menos tiempo. Intento descubrir los secretos ocultos en cajones abiertos, no logro leer entre líneas, y me preocupa que no puedas entenderlo.     El sol no existe, tampoco la luna, solo hay farolas insensibles que no me transmiten nada. El silencio me acompaña, insiste en quedarse por el resto de la velada, a lo lejos escucho tu risa  y comprendo que nuevamente me encuentro equivocada.

El golpe

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    Otra vez aquí, tratando de esconder mis miedos, ocultándome necesariamente de ti. Quisiera hacer lo correcto, dejar de repetir tu nombre en silencio, olvidarte.     Sujeto fuertemente el pasado, no quiero dejarlo escapar, va a traicionarme, es mi última oportunidad. Un haz de luz atraviesa la habitación, destruye la oscuridad, aclara mis ideas. Camino en punta de pies para que no puedas oír mis pasos, intento destruirte antes de que sea tarde, pero de repente no eres real, tu figura se desvanece ante mis ojos, caigo ante un montón de nada.     Engañada otra vez, buscando lo inalcanzable, lo prohibido. Un áspero sabor corre por mi garganta, no puedo soportarlo, vuelvo a mi lóbrego escondite esperando por mi próxima oportunidad.

Impotencia

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     Cuanta ira, cuánto dolor, se puede encontrar detrás de una sonrisa falseada. La mente humana, capaz de crear las maquinaciones más grandes, planes totalmente perfectos, traicionada por sentimentalismo barato.     Una idea fija, persistente, que quiere realizarse, volverse hecho; su existencia negada por lo que otro provoca. Se ve azotada, herida, inconcebible, vencida por un nuevo y extraño sentir que invade el pecho, ronda en tus sueños y se instala en lo más profundo de tu ser, negando posibilidad alguna al resarcimiento anhelado por aquellos momentos de inmensurable sufrimiento.     La vista nublada, no existe posibilidad de doblegar este naciente sentir, entregada a la incertidumbre, acabo con mi instinto confabulador con la misma fuerza con la cual lo deseé. Renuncio a todo por esta necia sensiblería, que con su voz apaciguó mi furia y sin saber cómo logró devolverme el alma.